La esquizofrenia de las supraestructuras: el ocaso de los pilares argentinos - Por Pablo Strafaccio

Por Pablo Strafaccio
La UCR y el Partido Justicialista, las dos grandes vigas maestras de nuestra política, atraviesan una crisis terminal de identidad. Atrapados en una ambigüedad que les impide definirse, corren el riesgo de disolverse mientras observan cómo su historia se convierte en una pieza de museo.
La política argentina no está cambiando; está colapsando. Lo que hoy presenciamos no es una simple disputa electoral, sino la fractura expuesta de las dos supraestructuras que han definido nuestra historia durante el último siglo: la Unión Cívica Radical y el Partido Justicialista.
El resto del arco político, incluso aquellos actores que se presentan como novedades o ajenos al sistema, no son más que desprendimientos o reacciones directas a estas dos matrices originales.
Hoy ambas estructuras atraviesan una deriva terminal, víctimas de una esquizofrenia ideológica que ya no pueden ocultar bajo el paraguas de una "unidad" ficticia.
La contradicción ha alcanzado un nivel medular que hace insostenible cualquier proyecto a largo plazo. ¿Cómo puede una misma sigla -ya sea radical o peronista- cobijar visiones del mundo antagónicas?
El radicalismo se fractura entre aquellos que comulgan con el liberalismo libertario -los llamados "radicales con peluca"- y quienes se mantienen en una postura de centro-izquierda, frontalmente opuestos al actual gobierno.
Por su parte, el peronismo exhibe la misma patología, quizás con un cinismo menos evidente: conviven los extremos de un kirchnerismo agónico en caída libre, con los nostálgicos de un menemismo casi extinto dentro de su propia fuerza y una enorme pléyade de dirigentes que, aunque operan fuera de La Libertad Avanza, sostienen desde las sombras o por pragmatismo la gestión actual, como si el pasado y el presente fueran piezas intercambiables de un rompecabezas sin lógica.
Esta ambigüedad no es táctica; es una declaración de bancarrota.
No se puede ser de izquierda y de derecha, católico y ateo, nacionalista y globalizador o estar a favor y en contra de un mismo modelo de país al mismo tiempo y lugar, simplemente dependiendo del distrito o del interlocutor.
Al intentar ser todo para todos, el sistema se ha transformado en un Ouroboros: la serpiente que, en su desesperación por sobrevivir, se devora a sí misma.
Esta figura es también la metáfora de un nacionalismo estático que da por concluida la historia; una fuerza que cierra toda transformación bajo la premisa de que las cosas son así y punto, pero que, tarde o temprano, termina por devorarse hasta desaparecer.
El resultado es un proceso de degradación estructural.
Al carecer de un marco teórico sólido, estos partidos se han convertido en estructuras vacías de contenido. Los mejores cuadros técnicos y políticos -aquellos que podrían gestionar el futuro- migran hacia espacios donde las ideas tienen un peso específico y no están sujetas a la volatilidad de una encuesta.
Mientras tanto, la conducción de estas supraestructuras queda en manos de operadores de la táctica inmediata, expertos en la gestión de pasillos, pero incapaces de articular una propuesta de nación que enamore a una sociedad que ya no habla su lenguaje analógico.
Si la UCR y el PJ no comprenden que su arquitectura medular es hoy un lastre si no se le inyecta un nuevo combustible, su destino está sellado: convertirse en un "museo de cuadros".
Una fantasía estática donde el barniz de los años altera los colores del pasado, haciendo que recordemos la historia de forma distinta a como ocurrió. Un museo preserva, pero no produce; observa la historia, pero no la escribe. Es el destino final de quienes han olvidado que los partidos políticos son o deberían ser vehículos de ideas y no meros sistemas de contención burocrática.
El radicalismo y el peronismo se enfrentan a una encrucijada que determinará su futuro. O eligen un carril, definen sus límites y asumen una identidad coherente o terminarán de desdibujarse en la irrelevancia más absoluta.
La ambigüedad puede haber servido para ganar una elección en el pasado, pero en la Argentina del presente, es la tumba de cualquier proyecto político.
La historia no los recordará por su capacidad de supervivencia, sino por su capacidad de atender los problemas medulares de nuestra sociedad. Y hoy, lamentablemente, las respuestas se están buscando en otro lado.









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